La carta que no escribí

El papel doblado que mi madre guardaba en el bolso seguía temblando entre mis dedos cuando terminé de leerlo, y las palabras del consentimiento se me quedaron clavadas en la garganta. Mis padres habían firmado anoche sabiendo que la operación podía borrar precisamente los recuerdos ligados a Ana, y no era un riesgo abstracto, sino una decisión tomada en silencio mientras yo dormía. Mi madre me miraba sin atreverse a tocarme, con los ojos enrojecidos y las manos cruzadas sobre el regazo, y el aire de la habitación se volvió demasiado espeso para respirar. No quería gritar, pero la voz me salió rota cuando pedí la verdad completa, porque ya no podía aceptar medias verdades disfrazadas de protección. En ese momento la puerta se abrió y mi padre entró con el paso pesado de quien ha pasado la noche sin dormir, con la chaqueta arrugada y las manos ásperas otra vez abiertas y cerradas, como si no supiera dónde dejarlas.

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