Le pregunté por qué no me lo había dicho antes, por qué había dejado que yo llegara a la noche antes de la operación sin saber nada. Mi madre me tomó la mano con más fuerza y me dijo que tenía miedo de que el recuerdo me hiciera daño, miedo de que la operación se complicara, miedo de perderme dos veces. Yo no supe qué responderle, porque su miedo era real y mi dolor también era real, y los dos cabían en la misma habitación sin que ninguno pudiera consolar al otro. Miré la pulsera, miré a mi madre, y sentí que la historia que creía mía tenía páginas enteras que nunca me habían dejado leer.
Entonces mi madre abrió el bolso con manos temblorosas, buscó en un bolsillo interior y sacó un papel doblado que guardaba desde hacía horas. Me lo tendió sin mirarme a los ojos, como si entregarme ese papel fuera la última cosa que podía hacer por mí antes de la operación. Yo lo desdoblé despacio, con el corazón golpeándome en el pecho, y leí cada línea con una atención que me dolía en los ojos. Y entonces entendí por qué mi madre lloraba en secreto y por qué mi padre no encontraba palabras: mi madre me entregó un papel doblado que guardaba en el bolso y yo leí que mis padres firmaron anoche el consentimiento de la operación sabiendo que puede borrar precisamente los recuerdos ligados a Ana.Parte 6. La segunda mitad