Me explicó que la familia decidió no recordármelo porque los médicos dijeron que el dolor del recuerdo podía dañar mi recuperación. No fue una decisión fácil, me aseguró, y no fue una decisión de un solo día: fue algo que se fue construyendo con miedo, con consejos médicos, con noches en las que no sabían qué era mejor para mí. Mi padre estuvo de acuerdo, ella estuvo de acuerdo, y todos callaron esperando que el tiempo hiciera lo que ellos no se atrevían a hacer. Yo sentí rabia y tristeza al mismo tiempo, porque entendía su miedo y a la vez sentía que me habían quitado una parte de mi propia vida sin preguntarme.
Mi madre me dijo que Ana despertó del coma hace unas semanas, que pidió verme y que ella no tuvo valor para contármelo. Lo dijo bajando la cabeza, como si confesar eso fuera más difícil que todo lo anterior. Ana había despertado, había preguntado por mí, había esperado una visita que nunca llegó, mientras yo estaba en otra habitación del mismo hospital sin saber que existía. Pensé en la silueta de la puerta, en la carta, en la pulsera, y todo empezó a tener un sentido doloroso: Ana no era una desconocida, era alguien que me había esperado tres años y que por fin había despertado para buscarme.