La carta que no escribí

Mi madre me confesó que durante tres años había visitado a Ana todos los domingos en secreto. Iba a la habitación 214 con flores o con un libro, se sentaba un rato junto a su cama y le hablaba aunque Ana no siempre pudiera responderle. Lo hacía sin decirme nada, sin decírselo a casi nadie, porque creía que así protegía a su familia de un dolor que no sabía cómo nombrar. Me habló de esos domingos con una voz suave y cansada, como si cada visita hubiera sido a la vez un consuelo y un castigo. Yo la escuchaba sin interrumpirla, incapaz de imaginar a mi madre recorriendo ese pasillo semana tras semana, guardando un secreto tan grande.

Después me contó lo que había pasado tras el accidente. Me dijo que yo visitaba a Ana cada día, que me sentaba junto a su cama, que le hablaba, que le leía, que no falté ni un solo día mientras ella estaba en coma. Me escribió una carta antes de una primera operación, una carta para no olvidarla, y después la olvidé por completo. La frase me golpeó como si fuera la primera vez que la oía, y a la vez me sonó terriblemente familiar, como si mi cuerpo la recordara aunque mi mente no pudiera. Mi madre me miró con los ojos llenos de lágrimas y me dijo que aquella carta era la que alguien me había dejado la noche anterior.

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