Mi padre, que hasta entonces había permanecido en silencio junto a la ventana, se acercó, se sentó frente a mí y me pidió perdón por haber rasgado la carta, con una voz ronca que no intentaba justificarse. Me dijo que había guardado la segunda mitad durante tres años, que la llevaba en la cartera y en el bolsillo como una culpa, y que cada vez que la tocaba pensaba en el hijo que quiso proteger y en la joven que quedó esperando en la habitación 214. Entonces sacó la mitad completa, sin dobleces apresurados, y me la entregó con las dos manos, como quien devuelve algo robado. Yo la tomé con cuidado, la acerqué a la otra mitad que guardaba bajo la almohada y, por primera vez, las dos partes quedaron juntas sobre la sábana, amarillentas y temblorosas bajo la luz de la lámpara.
La carta que no escribí