La carta que no escribí

Me contó también que, cuando pude caminar de nuevo, visitaba a Ana cada día, que me sentaba junto a su cama, le hablaba aunque no respondiera y le dejaba notas que nadie leía en voz alta. Me dijo que le escribí una carta antes de una primera operación, una carta en la que le prometía no olvidarla, y que después de aquella cirugía la olvidé por completo, como si la promesa se hubiera quedado atrapada en el tejido que me quitaron. Mi madre lloró al admitir que la familia decidió no recordármelo, porque los médicos dijeron que el dolor del recuerdo podía dañar mi recuperación, y que durante tres años la visitó todos los domingos en secreto, llevándole flores y contándole que yo estaba bien, aunque yo no supiera quién era ella. Escuchar aquello fue como oír la vida de otra persona, y sin embargo, cada detalle me dolía como si fuera mío.

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