La carta que no escribí

Aquella noche no pude conformarme con el vacío que sentía cada vez que miraba la pulsera, porque el objeto me apretaba la muñeca y el pecho a la vez, como si me recordara que había una historia que mi cuerpo no quería soltar. Llamé a mis padres a mi habitación, les pedí que se sentaran a mi lado y que me contaran toda la verdad, sin medias palabras y sin la protección que hasta entonces me había dejado más solo. Mi madre me tomó la mano, respiró hondo y empezó a hablar despacio, como quien abre una puerta que llevaba tres años cerrada, y su voz temblaba pero no se detuvo. Me contó el accidente bajo la lluvia, el frenazo y el golpe, y cómo Ana había quedado en coma mientras yo me recuperaba con una memoria rota y un miedo que no sabía nombrar.

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