El sobre quedó en el suelo, abierto por un lado, y yo lo miré sin entender por qué aquella imagen me dolía tanto, como si hubiera presenciado una despedida sin saber de quién me despedía. Mi madre se agachó a recogerlo con manos torpes, pero Ana ya se había marchado, y el pasillo volvió a quedar en silencio. Sentí una vergüenza confusa, como si hubiera fallado a alguien sin querer, y me pregunté por qué mi corazón latía tan rápido si aquella joven no significaba nada para mí. Mi padre me tomó la mano y me dijo que descansara, pero yo no podía dejar de mirar la puerta, esperando sin saber qué esperaba.
Al anochecer, la doctora entró con una carpeta y un tono amable pero firme, y entregó a mi familia el informe de alta de Ana, explicando que su rehabilitación había avanzado y que necesitaba continuar en otro centro. Anunció que mañana por la mañana Ana sería trasladada a otra ciudad para continuar su rehabilitación, y que el traslado ya estaba organizado, con ambulancia y equipo, y que no habría otra oportunidad para despedirse con calma. Miró a mis padres y después a mí, y añadió, con una delicadeza que no suavizó la noticia, que yo solo tenía una noche para decidir si quería conocerla como si fuera la primera vez.Parte 9. La frase completa