La carta que no escribí

Por la tarde, cuando el pasillo estaba más tranquilo, la puerta de mi habitación se abrió despacio y una joven entró con un sobre en la mano, con pasos inseguros y la mirada fija en mí. Era Ana, aunque yo no lo sabía, y su rostro mostraba una esperanza frágil, como si hubiera ensayado aquel momento durante años y temiera que se rompiera al primer contacto. Se detuvo a unos pasos de la cama, me miró buscando algo en mis ojos, y yo la miré como a una desconocida, con cortesía y con extrañeza, sin reconocer la voz que me había llamado en el pasillo ni la mano que me había apretado la muñeca. Su esperanza se apagó de golpe, sus manos temblaron y dejó caer la carta al suelo antes de retroceder hacia el pasillo, sin decir una palabra, con los ojos llenos de lágrimas.

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