La carta que no escribí

Mi padre se acercó a la cama, me puso una mano en el hombro y guardó algo en el bolsillo de la chaqueta sin atreverse a dármelo, con un gesto rápido y avergonzado que no pude interpretar. Era la mitad de la carta, lo supe después, pero en aquel momento solo vi su mano temblorosa y su mirada esquiva, como si temiera hacerme daño con un objeto. Me miró con una mezcla de alivio y de culpa, y yo sentí que entre nosotros había un secreto que ninguno de los dos sabía cómo nombrar. Mi madre me acarició la mano y me dijo que lo importante era que estaba bien, que las crisis habían pasado, y yo asentí, aunque su consuelo sonaba hueco frente al vacío que sentía al oír aquel nombre desconocido.

Cuando me incorporé un poco en la cama, noté la pulsera en mi muñeca, una pulsera antigua de hospital que me apretaba la piel y que no recordaba haberme puesto. La miré durante un rato largo, pasé los dedos por su superficie gastada y sentí que el pecho se me apretaba sin razón, como si aquel objeto supiera algo que yo había olvidado. Intenté recordar de dónde había salido, quién me la había dado y por qué la llevaba, pero solo encontré silencio, y aquel silencio me dio más miedo que la operación. Mi madre siguió mi mirada y apartó los ojos, y mi padre carraspeó y cambió de tema, y yo comprendí que la pulsera era una pregunta que nadie quería responder.

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