La carta que no escribí

Los médicos entraron poco después, revisaron el monitor, me hicieron preguntas sencillas y anunciaron con satisfacción que la operación había terminado sin complicaciones físicas y que las crisis habían quedado controladas. Hablaron de evolución favorable, de descanso y de vigilancia, y mi madre asintió con los ojos llenos de lágrimas, mientras mi padre les estrechaba la mano con una gratitud contenida. Yo escuchaba sus palabras como si fueran de otra persona, porque mi cuerpo estaba cansado pero mi mente parecía vacía en un lugar concreto, un hueco silencioso que no sabía nombrar. Sonreí cuando me pidieron que moviera las manos y los pies, y todos respiraron aliviados, pero dentro de mí quedaba una inquietud pequeña y persistente, como una puerta entreabierta en una casa conocida.

Más tarde, cuando la habitación quedó en calma, la enfermera del turno de día se acercó con una carpeta, me miró con atención y me preguntó, casi con cuidado, si recordaba el nombre de Ana. La pregunta me golpeó sin que yo entendiera por qué, porque aquel nombre no me trajo ninguna imagen, ningún rostro, ninguna historia, solo una sensación vaga de haberlo oído alguna vez en un sueño. Negué con la cabeza, confundido, y le pregunté quién era Ana, y vi cómo su sonrisa se tensaba y cómo bajaba la mirada hacia la carpeta. Mi madre, que estaba junto a la ventana, se llevó una mano al pecho y lloró en silencio, sin sollozos, como quien comprende de golpe que algo se ha perdido para siempre.

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