Desperté con la boca seca, la luz blanca del techo doliéndome en los ojos y un pitido regular que me decía que seguía vivo, aunque durante unos segundos no supe dónde estaba ni por qué me dolía todo el cuerpo. Una enfermera se inclinó sobre mí, me llamó por mi nombre con voz suave y me preguntó si sabía dónde estaba, y yo asentí despacio, porque reconocía el olor a desinfectante y el frío de las sábanas, aunque todo me parecía nuevo y lejano a la vez. Mis padres estaban a un lado de la cama, con los rostros cansados y las manos entrelazadas, y al verlos sentí un alivio inmediato, como si una parte de mi vida hubiera quedado intacta. Recordaba mi infancia, la casa, las cenas y las risas, y aquel reconocimiento me dio una calma extraña, como si el mundo hubiera vuelto a su sitio.
La carta que no escribí