La carta que no escribí

El sueño cambió de nuevo y me encontré junto a un quirófano, esperando mientras unas puertas se abrían y se cerraban sin dejarme pasar. Oía pasos, voces bajas y el pitido constante de un monitor, y me preguntaba si la persona que estaba dentro saldría siendo la misma o si el bisturí se llevaría algo más que la enfermedad. Sentí la misma impotencia que había sentido toda la noche, la de estar a un lado de una puerta sin poder abrirla, y comprendí que aquella espera se había repetido en mi vida más veces de las que podía recordar. La angustia me apretaba el pecho y, sin embargo, en medio de aquel miedo, había también una certeza terca: alguien me había esperado, y yo había prometido no olvidarla.

De pronto, entre el sueño y la vigilia, el mundo se volvió más nítido y oí voces reales que se mezclaban con las imágenes, como si llegaran desde otro lado de la niebla. Alguien pedía un instrumento, alguien murmuraba una cifra y el aire olía a frío y a metal, y yo intentaba abrir los ojos sin conseguirlo, atrapado entre dos realidades que se superponían. Sentí una presión suave en el brazo y pensé que tal vez ya estaba despertando y que al abrir los ojos vería a Ana esperándome en la puerta. Pero el sueño no me soltaba del todo, y las voces seguían llegando amortiguadas, como si hablaran bajo el agua, hasta que una voz grave se abrió paso entre las demás. En mitad de la operación oí, entre el sueño y la vigilia, la voz del cirujano que decía que la lesión estaba más cerca del recuerdo de lo que pensaban y que si la quitaban, se llevarían a Ana con ella.Parte 8. Despertar sin Ana

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