Dentro del sueño de la anestesia volvió la lluvia, primero como un rumor lejano y después como un golpe constante contra el cristal de un coche. Oí un frenazo seco, un grito que parecía el mío y la voz de Ana gritando mi nombre con una desesperación que me atravesó el pecho, y aunque intenté moverme, mi cuerpo no me obedecía. Las gotas resbalaban por una ventanilla empañada y las luces de la calle se convertían en manchas amarillas, y yo sentía el frío del agua en la ropa y el peso de unas manos que intentaban sostenerme. No era un recuerdo ordenado, sino una sucesión de sensaciones que se atropellaban, y en medio de aquel caos, la voz de Ana era lo único claro, lo único que me decía que no estaba solo.
Después la lluvia se apagó y apareció una habitación blanca, pequeña y silenciosa, donde yo estaba sentado con un cuaderno abierto sobre las rodillas y un bolígrafo que temblaba entre mis dedos. En el sueño me veía escribir despacio, con tachones y con prisa, una carta para no olvidarla, y cada palabra me costaba como si supiera que la memoria era un hilo demasiado fino. Escribía su nombre una y otra vez, Ana, habitación 214, no me olvides, y sentía que si dejaba de escribir, su rostro se borraría como la tinta bajo la lluvia. A mi lado, alguien me miraba con paciencia, y aunque no veía su cara, sabía que era ella, porque su presencia tenía el mismo calor que su mano en el pasillo.