La carta que no escribí

Quise preguntarle cuándo me la había dado y pedirle que me contara todo antes de que me durmieran, pero el pasillo se llenaba de voces y de ruedas, y una enfermera nos separó con suavidad, como si temiera romper algo frágil. Ana retrocedió despacio, sin dejar de mirarme, y yo sentí que su mano se deslizaba de mi muñeca con una lentitud dolorosa, dejando en mi piel un calor que tardó en apagarse. Mi padre caminaba al otro lado, con la mitad de la carta todavía apretada en el puño, y su mirada iba de Ana a mí, como si estuviera presenciando una despedida que ya había visto una vez. El anestesista se acercó entonces y me habló con calma, aunque yo sabía que el miedo no se iba con una mascarilla.

Cuando me colocaron la mascarilla sobre la cara, el aire frío me llenó los pulmones y el olor metálico me recordó a otros hospitales y a otras noches de miedo. Intenté decir el nombre de Ana con todas mis fuerzas, pero mi voz salió apagada bajo el plástico y solo quedó un sonido ronco que nadie pudo entender. Mis párpados pesaban cada vez más y el pasillo empezó a desdibujarse, pero mi última imagen antes de dormirme fue la puerta de la 214 cerrándose despacio y la mano de mi padre apretando la mitad de la carta, como si aquel papel fuera la única prueba de que todo aquello había ocurrido de verdad. Cerré los ojos y sentí que caía, no hacia el sueño, sino hacia un lugar más profundo y más antiguo.

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