Al acercarnos al final del pasillo, la camilla aminoró la marcha y mis ojos se fijaron, casi sin querer, en la puerta abierta de la habitación 214. El corazón me dio un vuelco porque aquella puerta llevaba toda la noche apareciendo en mis pensamientos, y ahora estaba allí, real, con la luz tenue del interior dibujando el umbral. Mi padre también miró hacia allí y su puño se apretó aún más, como si ya supiera lo que estaba a punto de suceder. Al pasar por la puerta abierta de la habitación 214, vi a Ana de pie en el umbral, me llamó por mi nombre con una voz que me resultó familiar y dolorosa, y una enfermera tiró de ella hacia dentro antes de que yo pudiera responderle.Parte 7. El pasillo hacia el quirófano
La camilla avanzaba por el pasillo y yo no dejaba de mirar hacia atrás, hacia la puerta de la habitación 214 que se iba haciendo pequeña, cuando Ana se acercó y me rozó la mano. Había conseguido salir de nuevo al pasillo y caminaba junto a mí con pasos inseguros, y antes de que ningún enfermero pudiera separarnos, alargué la mano y ella me apretó la muñeca donde yo llevaba la pulsera antigua. Su mano era cálida y temblorosa, y aquel contacto me devolvió algo que no era una imagen completa, sino el calor de una promesa hecha en un lugar que ya no recordaba. Me miró con los ojos llenos de lágrimas contenidas y me dijo que si la olvidaba otra vez, la buscara por ese objeto, porque la pulsera sabía lo que mi memoria ya no podía sostener.