Mi madre me acarició la frente y me susurró que todo saldría bien, pero sus ojos decían otra cosa, y sentí que me estaban arrancando de la única verdad que acababa de rozar. El enfermero entró con la camilla, me ayudó a tumbarme y ajustó las sábanas con una amabilidad apresurada. Mientras me trasladaban hacia el quirófano, el pasillo se convirtió en un túnel de luces blancas, y yo apretaba contra el pecho el cuaderno pequeño y sentía en la muñeca la pulsera de Ana, como un ancla. Pensé en la frase sin terminar y me pregunté si aquella espera había durado realmente tres años o si era mi miedo el que alargaba el tiempo. Mi padre caminaba junto a la camilla, sin soltar el puño cerrado, y mi madre me seguía con pasos cortos, repitiendo mi nombre en voz baja como si temiera olvidarlo. El olor a desinfectante y el frío del pasillo me hacían temblar, pero solo sentía la urgencia de terminar aquella lectura.
La carta que no escribí