La carta que no escribí

Antes de que pudiera seguir leyendo, la puerta se abrió de golpe y el cirujano entró con su bata impecable y su paso decidido, cambiando por completo el aire de la habitación. Se acercó a la cama, revisó el monitor con rapidez y anunció que la operación se adelantaba, que el quirófano estaba libre antes de lo previsto y que debíamos prepararnos de inmediato. Habló con la seguridad de quien ha dado esa noticia muchas veces, sin detenerse en mi cara pálida ni en el papel que yo apretaba contra el pecho. Me pidió que dejara todos los papeles en la mesita de noche, y su orden sonó tan definitiva que mi madre se puso de pie y empezó a recoger mis cosas con manos nerviosas. Yo intenté protestar y decir que solo necesitaba un minuto más, pero mi voz se perdió entre el ruido de los pasos y el crujido de la puerta. Mi padre, sin decir una palabra, apretó la mitad de la carta en el puño, con los nudillos blancos, como si pudiera protegerla del tiempo que se nos echaba encima.

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