Entonces abrió la cartera con dedos torpes y sacó la mitad que había guardado durante tres años, doblada con cuidado y amarillenta. El papel tenía la misma textura que la hoja que yo escondía bajo la almohada, y al tomarla sentí un escalofrío que me recorrió los brazos. Mi padre me la entregó sin mirarme a los ojos y me pidió perdón en voz baja, y yo la tomé con miedo a que se deshiciera entre mis manos. Mi madre se llevó una mano a la boca y contuvo un sollozo, y en la habitación solo quedó el sonido del reloj de pared y de mi propia respiración acelerada. Empecé a leer con los ojos nublados, buscando la frase que llevaba horas esperando, y las letras temblorosas me devolvieron a un tiempo que mi cuerpo parecía reconocer. La carta decía que la persona de la puerta era la misma que me había esperado junto al quirófano la primera vez, y sentí que el corazón me golpeaba las costillas mientras una imagen borrosa intentaba abrirse paso.
La carta que no escribí