La carta que no escribí

Más tarde, el médico entró, se sentó con calma y me explicó que la cirugía había detenido las crisis, que el tejido dañado había quedado controlado y que mi recuperación física seguiría su curso sin necesidad de otra operación. Me dijo, con una honestidad que agradecí, que el recuerdo de Ana estaba ligado al tejido dañado, que aquel vínculo se había roto y que ningún bisturí podía devolverlo, por mucho que yo lo deseara. Pero añadió que la memoria no era la única forma de conocer a alguien, y que yo podía construir un recuerdo nuevo si Ana aceptaba conocerme otra vez, despacio y sin exigirme un pasado que ya no tenía. Sus palabras no me devolvieron a Ana, pero me dieron algo que no tenía desde la primera noche: la posibilidad de elegir sin mentir.

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