La carta que no escribí

Cuando el médico salió y la habitación quedó en silencio, abrí el cuaderno pequeño, pasé las páginas llenas de frases viejas y busqué una hoja en blanco, con la mano todavía temblorosa y el pecho apretado por todo lo que acababa de oír. No quería escribir un recuerdo inventado ni una promesa antigua, sino una decisión que fuera solo mía, nacida de la verdad que mis padres me habían contado y del vacío que la pulsera me recordaba. Tomé el bolígrafo, respiré hondo y dejé que las palabras salieran despacio, sin prisa, como si cada letra fuera un paso hacia la puerta de la habitación 214. Mi madre me miró sin interrumpirme y mi padre asintió en silencio, y yo sentí que, por primera vez desde la operación, no tenía miedo a dejar de ser quien era.

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