La carta que no escribí

Cuando terminamos de hablar, Ana se levantó despacio, abrió el cajón de la mesita y sacó una carta nueva, sin rasgar, con el papel limpio y la letra cuidada, y me la entregó con las dos manos, como quien entrega algo frágil. Me dijo que solo la leyera si quería volver a conocerla, no si quería recuperar lo perdido, y que aquella carta no era una exigencia ni una prueba, sino una invitación a empezar despacio, con un café, una conversación y ninguna promesa antigua. Añadió que mañana al amanecer me esperaría en el jardín del hospital antes de marcharse a otra ciudad, y que si yo decidía ir, la encontraría en el banco, sin prisa y sin reproches. Tomé la carta, la guardé junto al cuaderno y sentí que, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no me daba miedo.Parte 11. Una decisión propia

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