Ana me dijo que no me pediría que recuperara el pasado, que no quería una memoria prestada ni una promesa repetida sin verdad, y que si volvíamos a conocernos, tendría que ser desde lo que yo era ahora, no desde lo que fui antes del accidente. Me habló de su rehabilitación, de su miedo a marcharse a otra ciudad y de su deseo de quedarse un poco más, no por obligación, sino por la posibilidad de empezar despacio. Yo le mostré el cuaderno, le enseñé la frase que había escrito la noche anterior y le dije que quería conocerla por primera vez, sin mentirle sobre lo olvidado, y ella leyó mis palabras en silencio, con los ojos brillantes. En aquel momento, la habitación 214 dejó de ser un lugar de espera y se convirtió, por primera vez, en un lugar de encuentro.
La carta que no escribí