La carta que no escribí

Escuché sin fingir recuerdos, sin asentir a cosas que no reconocía y sin inventar emociones para complacerla, porque después de todo lo vivido, la única forma honesta de estar allí era admitir mi vacío. Le dije que no recordaba su risa ni su voz de entonces, aunque su voz de ahora me resultaba familiar y dolorosa, y ella me miró con una tristeza serena, sin enfado, como si ya hubiera aprendido a convivir con aquella pérdida. Lloré, no por lo que recordaba, sino por lo que comprendía que había perdido, por las tardes junto a su cama, por la carta rasgada y por los tres años en los que ella esperó mientras yo vivía sin saberlo. Ana me tomó la mano con suavidad, no para consolarme con prisa, sino para decirme sin palabras que estaba allí y que no me pedía que recuperara el pasado.

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