Me contó también las visitas que yo le hacía cada día, cómo me sentaba a su lado, le leía en voz baja y le hablaba de cosas pequeñas, de la lluvia, de la comida de mi madre y de los planes que haríamos cuando saliera del hospital. Me habló de la carta que yo escribí y que ella guardó, de cómo la dobló con cuidado y la mantuvo cerca durante su recuperación, como una prueba de que alguien la había esperado de verdad. Me dijo que, cuando despertó y preguntó por mí, le dijeron que yo estaba bien, pero que ya no recordaba, y que aquel descubrimiento fue casi tan doloroso como el accidente, porque la persona que la había esperado se había convertido en un desconocido. Mientras hablaba, yo sentía destellos que no se convertían en imágenes claras, un calor en el pecho, un olor a lluvia, una risa lejana, pero nada que pudiera llamar recuerdo.
La carta que no escribí