La carta que no escribí

Ana me invitó a sentarme, me miró durante un rato en silencio y después empezó a contarme su versión completa, sin prisa y sin adornos, como quien entrega una historia que ha guardado durante tres años. Me habló del accidente bajo la lluvia, del coche, del frenazo y del ruido que lo cambió todo, y de cómo despertó mucho después en un hospital distinto, con el cuerpo débil y la memoria llena de huecos. Me contó su coma de tres años, las voces que oía sin poder responder y el día en que, al abrir los ojos, descubrió que yo ya no sabía quién era, aunque ella recordaba cada visita, cada palabra y cada tarde junto a su cama. Su voz se quebraba en algunos momentos, pero no se detenía, y yo la escuchaba con las manos apretadas sobre el cuaderno, sintiendo que cada frase me devolvía un fragmento de una vida que no era mía y, sin embargo, me pertenecía.

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