Le dije la verdad despacio, mirándola a los ojos, y le expliqué que no la recordaba como antes, que no tenía imágenes claras del accidente ni de nuestras visitas, y que eso me dolía sin que pudiera evitarlo. Le dije que llevaba su pulsera no porque recordara el accidente, sino porque había elegido buscarla, y que esa elección me había costado más que fingir un pasado. Le mostré el cuaderno donde había escrito que quería conocerla por primera vez sin mentirle sobre lo olvidado, y le dejé leer mi letra temblorosa sin apartar la mirada. Ana sostuvo el cuaderno con las dos manos, leyó en silencio y, cuando levantó la cabeza, sus ojos estaban húmedos, pero no apartó la cara.
Mi padre se quedó un paso atrás, sin intervenir, y yo sentí su presencia como un apoyo silencioso que no necesitaba palabras para sostenerme. Ana cerró el cuaderno despacio, me lo devolvió y se quedó mirando la pulsera antigua, como si necesitara comprobar que aquel objeto seguía siendo real. Le hablé del café que me había ofrecido, de la conversación sin promesas y del jardín donde no había llegado a tiempo, y le pedí perdón por haber llegado tarde. No le pedí que se quedara por lástima, ni que olvidara su miedo, porque sabía que su miedo era tan legítimo como el mío. Solo le pedí que me dejara demostrar, con hechos pequeños, que mi elección no era un impulso de una noche.