La carta que no escribí

Se acercó despacio, sin correr, midiendo cada paso como yo medía los míos, y el espacio entre nosotros se fue cerrando con una lentitud que me permitió respirar. No sonrió, porque no era un momento para sonrisas fáciles, pero tampoco apartó la mirada, y eso me dio más valor que cualquier palabra de ánimo. Llevaba la carta nueva apretada contra el pecho, y yo llevaba el cuaderno en el bolsillo, con el plan escrito y la frase que había decidido no traicionar. Cuando por fin estuvo delante de mí, el amanecer empezó a clarear detrás de la entrada, y el jardín quedó atrás, como si el mundo hubiera decidido esperarnos.

Ana me miró con una atención que me hizo sentir visto, no examinado, y me hizo la pregunta que yo más temía, sin rodeos y sin crueldad. No me preguntó por el accidente, ni por la primera operación, ni por la carta rasgada, porque sabía que esas respuestas ya no vivían en mí. Me preguntó si de verdad quería conocerla, o si solo estaba buscando un recuerdo que me hiciera sentir menos culpable, y su voz tembló apenas al final. Yo no respondí con un recuerdo inventado, porque inventar habría sido la forma más rápida de perderla, y tampoco respondí con una promesa antigua que ya no podía sostener.

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