La casa que me robaron

Mi abuelo preguntó qué opciones teníamos y si podíamos denunciar la falsificación de inmediato. El ejecutivo respondió que sí, pero que el proceso llevaría tiempo y paciencia. El banco no podía borrar una deuda ya registrada sin una orden judicial clara. Antes de salir, pedí copias de todo lo que pudiera servirme como prueba. Había aprendido que la verdad sin papeles no bastaba contra un hombre como Ricardo.

Guardé copias de la escritura, de la fotografía y del papelito con la dirección escrita. Las metí en una carpeta que apreté contra el pecho, como si fuera un tesoro. Mi abuelo me ayudó a ordenar los documentos por fecha y señaló los más importantes. Me dijo que cada papel podía decidir entre recuperar la casa y perderla para siempre. Yo asentí, aunque sentía miedo, porque nunca había enfrentado un banco ni una mentira tan grande.

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