Mi abuelo pidió al ejecutivo que señalara las firmas sospechosas y que guardara constancia de nuestra visita. El hombre asintió, imprimió un resumen y lo selló con cuidado delante de nosotros. Yo sentí un pequeño alivio al ver que nuestra denuncia quedaba registrada por escrito. No era una solución inmediata, pero era un paso firme contra la mentira. Salimos del banco con la carpeta más pesada y con la certeza de seguir adelante.
En el camino de regreso, mi abuelo habló de su constructora y de los años que costó levantarla. Le dolía que su regalo se convirtiera en la herramienta de un fraude familiar. Me dijo que no me sintiera culpable por confiar en mi esposo, porque eso era normal. La culpa era únicamente de quien mintió y falsificó firmas sin remordimiento. Yo lo escuchaba con gratitud y tristeza, pensando en Leo y en su futuro.