La casa que me robaron

Al llegar al departamento, acosté a Leo y revisé la carpeta una vez más en silencio. Me prometí que el miedo no me haría retroceder, aunque el camino fuera largo. Esa noche, el banco nos llamó con una advertencia que yo temía desde la mañana. La voz del ejecutivo sonó más grave, como si pronunciara una sentencia inevitable. Nos recordó que la deuda seguía creciendo y que los plazos estaban por vencerse.

Mi abuelo tomó el teléfono con mano firme, hizo preguntas claras y anotó cada fecha. Yo lo miraba desde la mesa, sintiendo que el tiempo se acortaba frente a nosotros. Cuando colgó, se quedó en silencio y me miró con una ternura triste. Me dijo que teníamos treinta días para actuar, que era poco tiempo pero suficiente. El banco nos advirtió que, si la deuda no se pagaba en treinta días, la casa saldría a subasta y yo perdería el único patrimonio que mi abuelo me dejó.Parte 4. La vida que no existía en Monterrey

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