La casa que me robaron

Al día siguiente, Ricardo me avisó que debía regresar a Monterrey por trabajo en la obra. Dijo que estaría incomunicado varios días y que lo esperaban con urgencia. Yo lo escuché con calma, fingí creerle como tantas veces y le deseé buen viaje. Le preparé una mochila pequeña y lo despedí en la puerta con un beso corto. Leo lo miraba desde mis brazos, sin entender por qué su padre se iba otra vez.

En cuanto Ricardo bajó las escaleras, llamé a mi abuelo y le conté mi decisión. Aquel día no iba a quedarme esperando, necesitaba ver a dónde iba realmente. Mi abuelo me pidió cuidado, distancia y solamente observar, sin acercarme demasiado. Yo le prometí que así lo haría, aunque el corazón me latía con fuerza. Tomé un taxi y pedí al chofer seguir el automóvil de Ricardo sin llamar la atención.

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