Al principio, el camino parecía dirigirse hacia la carretera, y temí haberme equivocado. Por un momento pensé que desconfiaba injustamente de mi esposo y sentí vergüenza. Luego Ricardo giró hacia las calles conocidas de Puebla, y mi sospecha se volvió certeza. No tomó el camino a Monterrey, ni buscó la autopista ni la central de autobuses. Condujo con tranquilidad hacia la casa del jardín, como quien regresa a su hogar.
Lo vi detenerse en una tienda elegante y salir con bolsas de compras costosas. Llevaba cajas de ropa nueva y un gesto relajado que nunca le vi con nosotros. Luego pasó por una cafetería, compró algo para llevar y siguió sin prisa. Saludaba a la gente como si aquel barrio fuera suyo desde siempre. Yo lo observaba desde el taxi, con la cámara en la mano y el dolor creciendo.
Cada compra era una prueba más de que el dinero que nos faltaba se gastaba en otra vida. El chofer me miraba por el espejo con discreción, sin hacer preguntas incómodas. Yo le pedí mantener la distancia para que Ricardo no notara que lo seguían. Cuando llegó a la casa de Puebla, abrió la reja con su propio control remoto. Estacionó dentro como dueño y entró sin tocar, sin dudar ni pedir permiso.