La casa que me robaron

La pantalla del segundo teléfono seguía encendida entre mis manos y cada mensaje confirmaba el plan de Ricardo sin pudor: vender la casa antes de la subasta, cobrar el dinero en efectivo y salir del país con Camila sin dejar rastro, como si Leo y yo fuéramos un estorbo que se podía borrar. Camila lloraba a mi lado, con las manos sobre su vientre, y me repetía que ella tampoco sabía hasta dónde llegaba la mentira. Yo no tenía fuerzas para consolarla, pero tampoco para odiarla, porque en su voz había el mismo miedo que yo sentía desde que vi la pulsera en la videollamada. Me pidió que protegiéramos a los niños, y le prometí que Leo no pagaría por su padre y que su bebé tampoco merecía nacer en una huida.

Nos quedamos en silencio ante la fotografía de mi boda y el acta de nacimiento de Leo, como si esos papeles probaran que mi vida no había sido un invento. Esa noche apenas dormí, porque cada vez que cerraba los ojos veía la casa de Puebla, el jardín y la puerta de piedra que debían haber sido nuestros. Al amanecer llamé a mi abuelo Armando y le conté lo que Camila me había entregado, sin ocultar el temblor de mi voz. Él llegó al departamento con su chofer y con una carpeta nueva, dispuesto a pelear por nosotros como no había podido hacerlo cuando murió mi madre. Fuimos al despacho de un abogado que él conocía desde hacía años, un hombre serio que nos escuchó sin interrumpirnos y ordenó los documentos. Le mostramos la escritura, la fotografía, el papelito y el segundo teléfono, y él asintió como si cada prueba encajara por fin.

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