Camila se cubrió el rostro con las manos al escuchar mis palabras en voz baja. Yo guardé el teléfono con cuidado, sabiendo que cambiaría el rumbo de todo. Camila me tomó la mano y me pidió, con voz rota, que no la odiara por lo ocurrido. Yo le dije que el odio no nos devolvería nada y que solo la verdad nos ayudaría. Ella asintió, secándose las lágrimas con una servilleta arrugada, y respiró hondo varias veces. Nos miramos como dos mujeres cansadas de creer en promesas ajenas. Aquel momento de calma nos dio fuerza para seguir leyendo sin interrupciones.
En los últimos mensajes, Ricardo ordenaba sus pasos como si organizara un viaje. Primero vendería la casa, luego cobraría el dinero y cruzaría la frontera sin avisar. Hablaba de Camila como si ella lo acompañara por voluntad propia, sin conocer su plan. Yo sentí asco por su frialdad y gratitud por el valor de Camila. En ese teléfono había mensajes donde Ricardo planeaba vender la casa antes de la subasta, cobrar el dinero y huir del país con Camila sin dejar rastro.Parte 6. La denuncia y la amenaza