La casa que me robaron

Dijo que revisaba su teléfono con una ansiedad extraña y creciente cada día. Fue entonces cuando Camila sacó de su bolsa un segundo teléfono de Ricardo. Era un aparato escondido que ella encontró por accidente días atrás. Me lo entregó con cuidado y me pidió revisarlo con total libertad. Dijo que, si había pruebas, debían usarse para proteger a los niños inocentes.

Me pidió que Leo no perdiera su casa y que su bebé no creciera entre fraudes. Yo tomé el teléfono con respeto y le prometí usarlo con responsabilidad total. Le agradecí su valor, porque entregar el aparato era entregar su última ilusión. Al revisarlo, con Camila a mi lado y el café ya frío, encontré mensajes heladores. Ricardo hablaba con un intermediario sobre precios, fechas y documentos de venta.

Se refería a la casa como un objeto que podía vender sin permiso de nadie. Mencionaba la subasta como un plazo que debía ganar a toda costa. Decía que necesitaba cobrar el dinero antes de que el banco actuara con fuerza. Después desaparecería sin dejar pistas, como si nuestra vida no importara nada. Leía cada mensaje con miedo y alivio, porque tenía la prueba de sus intenciones.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *