La casa que me robaron

Entre lágrimas, Camila confesó que Ricardo le dijo que era viudo y que estaba solo. Su primera esposa, según él, había muerto y solo ella alivió su dolor. Le dijo que la casa era una herencia familiar recibida tras mucho esfuerzo personal. Quería compartirla con ella para empezar una vida tranquila y próspera juntos. Se casaron en una ceremonia íntima hace un año, con pocos invitados y sin ruido.

Ricardo le explicó que no quería una celebración grande después de su supuesto duelo. Yo la escuchaba con el corazón apretado, porque ella no buscó destruirme. También fue engañada con una historia construida para hacerla sentir elegida. Camila habló de la pulsera con vergüenza, como un regalo de amor de Ricardo. La usaba todos los días sin saber que pertenecía a mi madre fallecida.

Me pidió perdón varias veces, aunque yo repetí que no venía buscando perdón. Yo quería la verdad completa y proteger a Leo y a su bebé por nacer. Lloramos juntas en aquella mesa, dos mujeres que amaron al mismo hombre sin saberlo. Por primera vez en días sentí que no estaba sola en aquella lucha. Ella contó que Ricardo estaba nervioso y hablaba mucho de vender la casa.

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