Ella me miró con desconfianza, como es natural cuando una desconocida te detiene. Algo en mi rostro, quizá el cansancio o la sinceridad, la hizo aceptar acompañarme. Nos sentamos en una cafetería cercana, en una mesa junto a la ventana iluminada. Pedimos dos cafés que ninguna probó al principio, por los nervios compartidos. Yo respiré hondo antes de abrir la carpeta y le dije que no venía a pelear.
Le dije que venía a mostrarle algo que ella tenía derecho a saber. Saqué primero la fotografía de mi boda con Ricardo, donde él sonreía con su traje. La puse sobre la mesa con cuidado, como si el papel pudiera romperse con la verdad. Luego le mostré el acta de nacimiento de Leo, con nuestros nombres como padres. Vi cómo el color abandonaba el rostro de Camila mientras sus manos temblaban.
Ella miró las fotografías una y otra vez, comparando el rostro de Ricardo en ambas vidas. Comprendió sin más explicaciones que había vivido un engaño durante años enteros. Sus ojos se llenaron de lágrimas y se llevó la mano a la boca, incrédula. Me pidió en voz baja que confirmara si Ricardo era realmente mi esposo. También preguntó si Leo era su hijo, y yo asentí con el corazón apretado.