La casa que me robaron

Durante dos días pensé en cómo acercarme a Camila sin asustarla ni parecer desesperada. Sabía que Ricardo podía aparecer en cualquier momento y arruinar cualquier intento. Una confrontación delante de él sería inútil y peligrosa para todos. Necesitaba hablar con ella a solas, con pruebas en la mano y con calma. Mi abuelo me aconsejó elegir un lugar público y mostrar los documentos sin gritos.

Me dijo que Camila también podía ser una víctima, y que la verdad respetuosa tenía más fuerza. Yo seguí su consejo y esperé a que Ricardo saliera por la mañana. Me acerqué a Camila cuando caminaba sola hacia la esquina, con paso tranquilo. La llamé por su nombre con voz suave y me presenté como Valeria. Le pedí unos minutos para hablar de algo importante, sin mencionar aún a Ricardo.

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