La casa que me robaron

Imaginaba a Ricardo en la casa de Puebla, sin sospechar que la red que él había tejido empezaba a cerrarse. Ricardo se enteró de la denuncia cuando el banco congeló una de sus tarjetas en medio de una compra, lo más humillante para un hombre acostumbrado al lujo. Camila me contó que él palideció, discutió con la cajera y salió apretando los puños, incapaz de aceptar que ya no controlaba el dinero. Yo no sentí alegría, solo un miedo, porque conocía su orgullo y sabía que no aceptaría perder sin pelear. Esa tarde recogí a Leo de la guardería, le preparé su leche y traté de que nuestra rutina pareciera normal, aunque me temblaban las manos. En el departamento húmedo, con las paredes manchadas y el ventilador girando, intenté creer que la justicia estaba de nuestro lado.

Al caer la noche, el aire se volvió pesado y Leo jugaba en el suelo con sus coches mientras yo doblaba su ropa sobre la cama. De pronto escuché golpes en la puerta y, antes de que pudiera reaccionar, Ricardo entró empujando como si el departamento fuera suyo. Tenía la camisa arrugada, los ojos enrojecidos y una furia que nunca le había visto, que me hizo retroceder con Leo en brazos. Me gritó que retirara la denuncia de inmediato, que estaba destruyendo su vida y que me arrepentiría de haber hablado con mi abuelo y con el abogado. Le respondí que no retiraría nada, que la casa era de Leo y mía y que él había falsificado un poder para hipotecarla y vivir con otra mujer.

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