Ricardo se rio y me acusó de haberlo arruinado todo por celos, como si la pulsera de mi madre, la hipoteca y el segundo matrimonio fueran inventos míos. Leo empezó a llorar al escuchar los gritos y yo lo abracé más fuerte, tratando de cubrirle los oídos con mis manos agrietadas. Ricardo cambió el tono, se acercó con una sonrisa falsa y dijo que quería llevar a Leo a dar un paseo para calmarlo, que en una hora lo traería de vuelta. Le supliqué que no se lo llevara así, que el niño estaba asustado y que podíamos hablar sin arrastrarlo, pero él ya lo tenía en brazos y caminaba hacia la puerta sin mirarme.
Esa misma noche Ricardo irrumpió en el departamento de Puebla y me exigió que retirara la denuncia. Luego se llevó a Leo con el pretexto de un paseo. Después, cuando intenté llamarlo, descubrí que había bloqueado mi teléfono. Me quedé sola en la puerta, sin saber adónde se lo había llevado.Parte 7. La búsqueda de Leo