Intenté llamarlo una y otra vez, pero cada llamada caía en un silencio que me helaba la sangre y cada mensaje quedaba sin entregar. Corrí a la ventana, miré la calle oscura y vacía, y comprendí que Ricardo no pensaba devolver a Leo en una hora ni al día siguiente. Llamé a mi abuelo llorando y él llegó en minutos, con el chofer y con la misma determinación con la que había revisado la escritura. Fuimos primero a la casa de Puebla, porque yo estaba segura de que Ricardo buscaría refugio en el lugar donde se sentía dueño, pero las luces estaban apagadas y el jardín parecía dormido bajo la noche.
Golpeamos la puerta de piedra, llamamos a Camila y recorrimos el jardín con linternas, mientras el corazón me golpeaba las costillas sin piedad. Camila salió asustada, con la pulsera todavía en la muñeca, y nos juró que Ricardo no había pasado por allí y que ella tampoco sabía dónde estaba Leo. Revisamos las habitaciones, los ventanales altos y la cocina elegante, pero no había ningún rastro de mi hijo, ni de su mochila, ni de su risa. Salimos de la casa con las manos vacías y con la certeza terrible de que Ricardo había planeado esa huida con el mismo cuidado con el que había planeado su doble vida.