Armando y yo recorrimos entonces las casas de parientes, tocando puertas a medianoche y despertando a personas que no entendían por qué lloraba tanto. Nadie había visto a Ricardo ni a Leo, y cada negativa me dejaba más pequeña, más cansada y más desesperada. Fuimos a hoteles cercanos, preguntamos en recepciones iluminadas y mostramos fotografías de Leo, pero los empleados solo movían la cabeza y nos pedían que volviéramos al día siguiente. Yo sentía que el tiempo se estiraba y se rompía al mismo tiempo, porque cada minuto sin mi hijo era un minuto en el que Ricardo podía alejarse más. Armando no me dejó sola ni un instante, me sostenía del brazo y repetía que encontraríamos a Leo aunque tuviéramos que buscarlo en toda la ciudad.
En la madrugada fuimos a la policía y registramos la denuncia por la retención del niño, con la voz quebrada y con los documentos temblorosos entre las manos. El agente anotó cada detalle, la hora en que Ricardo se lo llevó, el pretexto del paseo y el teléfono bloqueado, y nos prometió que emitirían una alerta inmediata. Yo firmé papeles sin leerlos del todo, porque solo pensaba en la carita de Leo, en su mochila azul y en la manera en que me abrazaba las piernas cuando tenía miedo. Al salir de la comisaría, el amanecer gris sobre Puebla me pareció injusto, como si el mundo siguiera su curso mientras mi hijo estaba en manos de un hombre capaz de mentir durante años.