La casa que me robaron

Camila, arrepentida y con los ojos hinchados de llorar, decidió ayudarnos de verdad y revisó las cámaras de la casa y los mensajes antiguos del segundo teléfono. Pasó horas frente a la pantalla, buscando un nombre, una dirección o una pista que Ricardo hubiera dejado por descuido. Finalmente encontró un mensaje en el que Ricardo hablaba de un cuarto alquilado en las afueras, registrado con el nombre de un empleado de la constructora que apenas conocíamos. Camila me llamó temblando y me dijo que ese cuarto podía ser el escondite, que Ricardo siempre usaba nombres ajenos cuando no quería dejar huella. Yo sentí una mezcla de esperanza y terror, porque por fin teníamos un lugar, pero también porque no sabía en qué estado encontraría a Leo.

Armando llevó esa información a la policía y al abogado, que pidieron verificar el alquiler y vigilar la zona sin alertar a Ricardo. Mientras tanto, Camila siguió buscando fotografías recientes en el teléfono y me mostró una imagen borrosa que me dejó sin aire. En esa fotografía, junto a una puerta desconocida y descuidada, se veía claramente la mochila azul de Leo, la misma que yo le había comprado para la guardería y que él llevaba a todas partes. Reconocí el cierre roto, el bolsillo lateral y la mancha de jugo que nunca pude quitar, y supe que mi hijo había estado allí. Lloré de alivio y de miedo al mismo tiempo, porque la mochila era una prueba de vida, pero también una prueba de que Ricardo lo había llevado a un lugar extraño.

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