La policía organizó la llegada al cuarto con cuidado, para no poner en riesgo a Leo si Ricardo estaba dentro con él. Yo esperé en el automóvil de mi abuelo, con las manos apretadas y rezando en silencio, mientras los agentes se acercaban por el callejón. El barrio era silencioso, con casas bajas y puertas de metal, muy lejos del lujo de la casa de Puebla y de los ventanales altos. Cada segundo se me hacía eterno, porque imaginaba a Leo dormido, despierto, llorando o preguntando por mí sin entender por qué su padre lo había sacado de casa. Armando me tomó la mano y me susurró que pronto lo abrazaría, aunque su propia voz también temblaba.
Cuando la policía llegó a ese cuarto, la puerta estaba abierta, la mochila seguía allí y Ricardo ya se había llevado a Leo hacia un destino que nadie lograba identificar.Parte 8. El rastro del dinero