La casa que me robaron

Me quedé abrazada a la mochila azul de Leo, oliendo su ropa y sintiendo que el cuarto vacío me gritaba lo que yo no quería escuchar. La cama estaba deshecha, había un vaso de leche a medias y un coche de juguete tirado en el suelo, como si hubieran salido deprisa. Los policías revisaron cada rincón, tomaron fotografías y recogieron huellas, pero no encontraron ninguna nota, ningún boleto ni ninguna dirección que nos dijera adónde había ido Ricardo. Armando me sacó de allí con cuidado, porque yo no podía dejar de mirar la puerta abierta, como si Leo fuera a aparecer corriendo en cualquier momento.

Esa misma mañana, mi abuelo decidió presionar a su contador, un hombre que llevaba años manejando los números de la constructora y que últimamente evitaba nuestras miradas. Lo citó en su oficina, cerró la puerta y le puso sobre el escritorio los informes de obra de Monterrey que ya no cuadraban con nada. El contador intentó defenderse, habló de errores, de retrasos y de gastos imprevistos, pero su voz se quebraba cada vez que Armando le señalaba una cifra. Finalmente confesó que Ricardo lo había sobornado para ocultar las transferencias y falsificar los informes de obra en Monterrey, a cambio de dinero y de silencio.

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