El contador nos entregó los libros verdaderos, con anotaciones a mano y transferencias marcadas que mostraban el camino completo del dinero. El abogado los revisó durante horas, comparando fechas, montos y cuentas, hasta demostrar que el dinero de la constructora había pagado la hipoteca falsa, los viajes y los lujos de la doble vida. Cada página era una bofetada, porque mientras yo comía arroz y frijoles para que Leo tomara leche, Ricardo pagaba cenas, ropa nueva y hoteles con el trabajo de mi abuelo. Armando se quedó en silencio mucho tiempo, mirando los libros como si no reconociera su propia empresa, y luego me pidió perdón otra vez por haber confiado en un hombre que supo mentirle en la cara.
Con esos libros, el abogado fortaleció la denuncia y pidió al juez que tuviera en cuenta el desvío sistemático de fondos y la falsificación de documentos. Yo sentía que, por fin, la historia dejaba de ser solo mi palabra contra la de Ricardo y se convertía en números, firmas y fechas imposibles de negar. Camila también decidió declarar ante el abogado, aunque le temblaba la voz y tenía que detenerse para respirar por su embarazo. Dijo que Ricardo le había prometido huir en cuanto cobrara la venta de la casa, que ya tenía un plan para desaparecer y que ella se había dado cuenta demasiado tarde de que era parte de ese plan.