La casa que me robaron

Camila lloró al recordar que Ricardo le hablaba de una vida nueva lejos de Puebla, sin deudas y sin pasado, como si Leo y yo no existiéramos. Le explicó al abogado que ella había creído en la historia de la herencia y del matrimonio íntimo, y que ahora entendía que todo había sido una puesta en escena. Yo la escuché sin interrumpirla, porque su testimonio no solo nos ayudaba a mí y a Leo, sino que también la liberaba a ella de seguir siendo cómplice sin quererlo. El abogado anotó cada palabra, le pidió que firmara su declaración y le aseguró que proteger a su bebé era también una forma de justicia. Salimos del despacho agotadas, pero con la sensación de que Ricardo ya no podía esconderse detrás de dos mujeres engañadas.

Los días siguientes fueron una espera insoportable, con el teléfono en la mano y el miedo de que Ricardo volviera a aparecer en el departamento. Yo dormía con la ropa puesta, sobresaltada por cualquier ruido en la calle, y revisaba la cuna vacía de Leo como si mirarla pudiera traerlo de vuelta. Armando se quedó a dormir en el sofá de nuestro departamento húmedo, para que yo no estuviera sola, y me acompañaba a cada diligencia con la policía. La subasta seguía amenazando la casa en treinta días y el juez todavía debía resolver la falsificación, pero lo único que me importaba de verdad era encontrar a mi hijo sano. Cada noche le hablaba en voz baja, como si pudiera escucharme, y le prometía que lo buscaría hasta el final.

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