Mientras la policía seguía ese rastro, yo pasaba las horas mirando fotografías de Leo y recordando su risa en nuestro pequeño departamento, donde él siempre había estado a salvo conmigo. Armando me acompañaba a cada audiencia, llevaba los documentos en orden y me recordaba que la casa, comprada hacía dos años por doce millones de pesos, era para nosotros, no para venderla a escondidas. El abogado pidió la custodia provisional con urgencia, argumentando que Leo estaba en riesgo y que yo era quien siempre lo había cuidado, incluso en la pobreza, incluso cuando Ricardo desaparecía durante días con su coartada de Monterrey. Yo asentía sin poder hablar, porque cada palabra me devolvía la imagen de mi hijo de tres años dormido en ese automóvil.
El juez concedió la custodia provisional a mi favor y prohibió la venta de la casa hasta que se resolviera la falsificación, una decisión que me permitió respirar por primera vez en semanas. Salí del juzgado abrazada a mi abuelo, llorando de alivio, con el papel de la resolución apretado contra el pecho como si fuera un escudo. Sin embargo, el alivio no borró el miedo, porque sabía que Ricardo no aceptaría esa orden sin intentar otro golpe. Él ya había falsificado un poder y usado a su hijo para presionarme, y un hombre así no se detiene ante una resolución. La subasta seguía contando días, aunque el juez hubiera prohibido la venta.