Armando, por su parte, congeló los pagos de la constructora y publicó un aviso interno para impedir que Ricardo usara el nombre de la empresa. Llamó a proveedores, a bancos y a empleados de confianza, y les advirtió que cualquier documento firmado por Ricardo ya no tenía validez. Fue un golpe duro para su orgullo, porque tuvo que reconocer en público que alguien cercano lo había robado durante años. Sin embargo, lo hizo sin dudar, porque entendió que proteger a Leo y a mí era más importante que guardar las apariencias. Yo lo miraba trabajar sin descanso, con canas nuevas y ojeras profundas, y sentía gratitud por el hombre que no me había abandonado cuando más lo necesitaba.
Camila también siguió colaborando, aunque su embarazo avanzaba y el miedo a Ricardo crecía con cada noticia. Me llamaba para preguntar por Leo, me pasaba mensajes viejos que encontraba en la casa y me pedía perdón por no haber visto antes la verdad. Yo le respondía con honestidad, sin prometerle un final fácil, pero reconociendo que su ayuda estaba siendo clave para desenmascarar a Ricardo. Entre las dos, sin ser amigas, construimos una alianza frágil basada en el deseo de proteger a nuestros hijos de un hombre que mentía a todos. Esa alianza me daba fuerzas, porque ya no estaba sola frente a Ricardo, y porque Camila conocía detalles de su vida en la casa.